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Sus orígenes se remontan al siglo XIX, cuando los pescadores japoneses catalogaban las piezas que pescaban directamente en alta mar. En ocasiones también lo acompañaban de un poema de agradecimiento al mar por los frutos que ofrecía a los hombres. Como una especie de ritual espiritual y funerario.

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Cuenta la leyenda que el primer gyotaku data del período EDO, cuando un pescador quiso impresionar al emperador mandándole la silueta de un besugo negro –símbolo de la felicidad-.

Otras veces, los pescadores hacían gyotakus de algunos especímenes sagrados tan solo para documentar su existencia. Les robaban una parte de su alma y los devolvían al mar.

En ambos casos se valían de papel de arroz y tinta absorbente. Aplicaban la tinta en dirección de las escamas y cubrían el ejemplar con papel. Entonces frotaban con la palma de la mano.

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Precursora del daguerrotipo fotográfico esta técnica se fue perfeccionando con el paso de los años e iba añadiendo detalles: pintura para los ojos o trazos más matizados, una vez se llegaba a Como al emperador del momento.

Miquel Barceló, Victòria Rabal o Heather Fortner son algunos de los artistas que han recuperado esta técnica de estampación japonesa.

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Y que mejor manera para retener la efímera naturaleza de lo bello que con un gyotaku de salmón.